Los humanos con los que vivo han comprado un despertador que no acaba de funcionar, no suena el típico ruido estridente que no fallaba nunca. ¡Que va!, ahora cuando llega la hora empiezan a sonar unos pajaritos y el sonido de unas hojas movidas por el aire. ¡Así no hay quien se despierte!
Esta mañana yo si lo he oído, y como he visto que no funcionaba me he puesto a lanzar mis silbidos matinales, nada, ni caso, he tenido que empezar a dar vueltas como un poseso por la jaula, chocando con los comederos y mordisqueando el tubo del agua. Por fin han aparecido. Si no fuese por mí harían tarde en el trabajo más de un día. Y después claro, con las prisas, abrían y cerraban una y otra vez la nevera: ahora la leche, ahora la mantequilla….
y mi comida, ¿qué?... ¿dónde está mi lechuga?.... he tenido que dar otras cuantas carreras para que se dieran cuenta de que mis comederos estaban vacios y para que acabasen de despertarse, ese brebaje negro que llaman café no les hace ningún efecto. Yo ya tengo claro el regalo de estas navidades, un buen diccionario… ¿cómo no se le habrá ocurrido a nadie hacer un programa que traduzca nuestro lenguaje al suyo?
Desde luego, hay días en que no me entiende nadie… por suerte, al fin han llenado mis comederos, y hasta me han puesto un buen puñado de hojas de zanahoria… son así, se hacen querer. Esta noche les daré unos cuantos mordisquitos para que sepan que yo también les quiero.

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